El rincón de Microtaller

Motorista antes que motero

Escrito por microtaller 07-02-2014 en motoristas. Comentarios (0)

Mi gato, que es mi auditorio favorito para mis discursos profundos, sabe de mi aversión a la palabra “motero”. Lo siento pero es así: yo siempre he preferido ser  “motorista”, y así lo he hecho ver en numerosas ocasiones.

Por supuesto que podría explicar algunos motivos serios y personales de tal convicción, pero serían políticamente incorrectos y posiblemente generadores de polémica, por lo que me limitaré a enumerar los más evidentes.

Primero, la palabra “motorista” tiene una tradición y una solera que no tiene la otra, y esto es incuestionable. A mí me apena ver cómo generaciones de motoristas han sido sustituidas por hordas de moteros. Eran personas pioneras y rudas, que disfrutaban de las monturas desde una perspectiva humilde y entregada. Sabían de mecánica y solidaridad, y se organizaban en clubes o pandillas, que de todo había. Ahora la solidaridad se pierde, la mecánica queda en manos de concesionarios, la humildad no queda y la entrega… Y los clubs y pandillas han sido sustituidos por Komandos con “K”.

Segundo, porque la palabra “motorista” es mucho mejor que la palabra “motero”. Un motorista es claramente un aficionado a las motos o los motores. Un motero puede ser el aficionado a las motos, las motas o los motes.

Pero sobre todo porque prefiero ser artista que artero, y no digamos chapista antes que chapero.

Pues eso.


Las piezas que componen las motos. 3. El Piloto.

Escrito por microtaller 29-12-2013 en Motos. Comentarios (0)

El piloto no es el señor o señora que se sube en la moto para conducirla, que también, porque no forma parte de la moto en sí, incluso hay casos en que se mantienen encima de milagro. El piloto, digo, es esa cajita con tapa roja que se suele poner en la parte posterior de la moto, y que indica dónde acaba ésta. Ahora es de modernos ponerlo en un lado que no sea el de siempre, pero a todos los efectos al piloto eso le da exactamente igual.

El piloto antes era poco importante y más bien canijo (si, eso también les gusta a los modernos) y cumplía su función sin más, pese a no ser el más trabajador de todas las partes de la moto, ya que solo trabajaba por la noche. En esa época el piloto era feliz disfrutando de una vida plácida y cómoda, pero la oscuridad de su horario de trabajo y el aumento del número de vehículos con conductores ebrios hizo que los fallecimientos de pilotos por alcance culero creciesen espectacularmente, lo que hizo que tuviesen que asumir una nueva actividad: la de avisar a quienes venían por detrás de que la moto reducía su velocidad o iba a pararse del todo. El caso es que cuando notaban que la moto frenaba, se acojonaban tanto que se ponían colorados y eso avisaba a los de atrás de que tenían que frenar a su vez.

Podría pensarse que el piloto, al hacer esta función, es amigo de la moto en sí y por tanto de su propietario, pero nada más lejos de la realidad: el piloto es un ser envidioso y cegado por el rencor. Consciente de no dar tanta luz como el faro y de no ver más que la parte de la carretera que se abandona, el piloto ha ido generando un odio terrible que desemboca primero en pequeñas venganzas como no encenderse en la ITV y finalmente y de manera irremediable en iluminar la matrícula para que el resto de la moto pueda ser identificado y denunciado por la policía, porque queridos amigos, es importante que sepáis que vayáis donde vayáis, solos o acompañados, de curvas u de viaje, por cuidad o carretera, estáis dando la espalda a un pequeño ser ruin y chungo preocupado tan solo de dos cosas: salvarse a sí mismo y jorobar a los demás.

Vamos, como casi todo el mundo.


Nostalgia

Escrito por microtaller 22-08-2013 en General. Comentarios (0)
Hace más de dos años que no actualizo este blog, porque he estado centrado en otras cosas y por consejo de mi siquiatra no debo intentar hacer más de cincuenta cosas a la vez, dado que no las termino y mi mujer se cabrea. Pero claro, no quiero dejar morir definitivamente este blog agónico y debo proporcionarle el mínimo alimento para que aguante. Podría llegar conmigo mismo al compromiso de actualizarlo con regularidad, pero de nuevo no lo iba a cumplir, de modo que...
Resumiendo: la anotación de hoy, de nuevo, no es nueva. Procede de un artículo corto que publiqué en Lamaneta, pero como me gustó cuando lo escribí, quiero que esté aquí puesto.
Ahí va.

NOSTALGIA.

He pasado toda la tarde contando los minutos, esperando el momento de ir a recoger la última moto que he comprado. Lo mejor es que estaba nervioso y claramente ilusionado: no había pensado en otra cosa desde que dos días atrás llegué a un acuerdo con el vendedor y fijé el momento de la recogida. De hecho es una sensación muy agradable por lo inusual; claro que tengo otras motos, alguna de ellas incluso mucho mejor que esta, pero es que esta es la moto de mi adolescencia, esa moto que estaba siempre ahí, dispuesta a llevarte a esa discoteca, esa piscina, ese instituto, ese lugar recóndito en el parque o más deprisa que tus amigos y que al final no quisiste te llevase a la universidad y que acabó vendida o regalada sin mostrar la más mínima queja. Y un día decides que tras estudiar varios años y trabajar otros tantos estás en condiciones de volver a tener una moto como la que abandonaste; es casi como quedarte donde estabas tras dar una vuelta de varios años, o sea: una tontería sentimental, siendo el sentimentalismo la justificación de la tontería.

Total, que busqué y busqué hasta dar con una exactamente igual que la mía salvo en el estado y el precio, que eran mucho peores, pero como sarna con gusto no pica engañé un poco a mi mujer en lo del dinero y la compré. La noche anterior no podía dormir de la cantidad de planes que tenía que hacer para la moto: primero restaurarla, pero sobre todo volver con ella a todos esos sitios que fueron habituales y buscar a alguno de los protagonistas de la época para enseñársela y ver su cara de estupefacción al ver que la moto había superado con éxito la prueba del tiempo y el olvido y allí estábamos de nuevo los dos, aunque sin pelo, dispuestos a lo que fuera. Y al final me dormí con una sensación cálida y acogedora, montado en mi moto calle abajo.

Subirla al remolque ha significado el volver a tocarla y ver de nuevo algunos recovecos ya olvidados y alguna rotura que también tuvo la mía, pero ante todo ha sido una sensación muy fuerte el saber que es mía, que es solo mía y de nadie más y que a partir de ahora podré disfrutar de ella más aún que antes, porque ya no tengo las distracciones que tenía antes y la moto es más que nada un elemento de diversión en sí mismo. Por cierto ¿será fácil encontrar el piloto? ¿Y el cubrecadena? Seguro que sí, este es un proyecto que no puede fallar, es ilusión pura y la ilusión es el mejor motor para llegar a puertos lejanos. Y verla por el retrovisor del coche siguiéndome fielmente también ha tenido su encanto, con ese movimiento que tienen las motos cuando van en el remolque a velocidades que no van a alcanzar nunca por sus propios medios, aunque el viaje se me haya hecho largo a consecuencia de la impaciencia por bajarla y guardarla en el garaje donde podré ver cómo evoluciona en los próximos meses.

No sé si os pasa a vosotros, pero yo he desarrollado una especial habilidad para subir y bajar motos del remolque yo solo, tras asumir no sin dolor que nadie en casa va a ayudarme, y si lo hacen es sin la ilusión que uno intenta transmitir por el hierro transportado. Así, cuando he llegado a casa he soltado las dos correas de atrás y me he sentado en la moto para aflojar las dos de adelante con la moto bien sujeta. Y no he podido resistirme a poner las manos en el manillar y los pies en las estriberas, momento en que he sentido las mismas sensaciones casi olvidadas de aquellos años, y tan fuerte que ni el roto del asiento o la falta del puño derecho han podido evitar que volviera a verme con las Ray-Ban de lágrima y el pelo largo dando gas por esas carreteras de Dios, camino de algún bar donde tomarme una caña a cinco pesetas con los amigos y amigas, sin más casco que el cráneo pero envuelta la cara con el aire que hace que el pitillo que me estoy fumando se vuelva tímido y esconda la brasa dentro del papel, y voy en manga corta porque es verano y no tengo miedo, no ya a caerme, sino a nada y así noche tras noche disfrutando del cielo y con suerte de algún beso robado cuyo sabor te dura hasta el día siguiente, ese que disfrazas ante los amigos porque ha sido algo más; o de las carreras piratas y de las preparaciones que le haces a la moto cuando caes en la cuenta que ninguna moto de las que venden corre lo suficiente aunque, eso si, gasta más ahora, pero aunque la gasolina está a diez pesetas no importa porque merece la pena, es casi como esas motos más grandes que llevan los mayores y  tú sabes que llevarás algún día, esas mismas que te adelantan algunas veces sin conseguir humillarte…

Y sientes que la tarde acaba y los tordos vuelven a los tejados, las luces se encienden y vas a cenar pronto porque la noche te espera llena de promesas que el motor de tu moto te susurra camino a casa. Pero la voz de tu hija te trae de golpe al presente, sin misericordia.

- Mamá, trae la escoba, que papá ha vuelto a quedarse colgado…

Y mientras piensas en el humor de los adolescentes allí arriba, en el remolque, recuerdas aquello de que “cualquiera tiempo pasado fue mejor” aunque eso sí “a nuestro parecer”.

Y una mierda.


Las piezas que componen las motos. 2. Los frenos.

Escrito por microtaller 13-06-2011 en General. Comentarios (2)

Los frenos son en sí mismos una pequeña paradoja, principalmente por dos motivos. El primero es que, siendo una moto un vehículo cuyas piezas se han diseñado y juntado para avanzar velozmente, los frenos se encargan de que esto no sea así. Podría argumentarse que una vez llegado el piloto al destino es necesario parar para bajarse de la moto, pero si observamos detenidamente comprenderemos que para ello las motos no llevan puertas, y esto es para que  el vehículo pueda ser abandonado sin mayores complicaciones. La conclusión es que los frenos se diseñaron para democratizar las motos, acercándolas a los pobres que no podían comprarse una cada vez que la usasen, habida cuenta de que al bajarse en marcha es normal que sufra el vehículo daños colaterales, y para que también disfrutasen de ella los cobardes y pusilánimes que por miedo a hacerse daño tenían que hacer coincidir una avería o el hecho de consumir todo el combustible con la llegada a su destino para detenerse, lo cual no era siempre posible.

La segunda paradoja hace referencia al nombre de los frenos, que aún siendo de origen musical, no se refiere para nada a algo que haga música. Y es que, lo crean o no, los frenos pueden ser de Disco o de Tambor. Podrían haber sido de dictadura o democracia, de timidez o buenos modales, de novia o esposa… no sé, se me ocurren muchas denominaciones, mas ninguna menos apropiada que la que tienen. Un tambor es algo que se asocia más a bandas militares y celebraciones pueblerinas que a un freno. Puede argumentarse, y se argumenta, que se les da ese nombre porque tienen forma de tambor, y… si, la tienen, pero también tienen forma de maceta, de lata de tomate, de puchero… y a nadie le ha dado por compararlos con estos objetos. A lo mejor es por un motivo meramente estético, algo así como que no suena bien decir “esta moto tiene frenos de puchero”, o “le he instalado una maceta de doble leva”…

Y luego están los de disco. Al principio el parecido era más evidente, pero con el paso del tiempo la cosa ha ido degenerando: primero con hacerles múltiples agujeros, y finalmente haciendo que parezcan los bordes de un tapete. ¿Alguien puede imaginar al Discóbolo con uno de estos discos flotantes? Perdería toda su magia. ¿Y por qué son flotantes si no flotan? Nueva paradoja. Y esto lo digo con conocimiento de causa: lo he probado y se van al fondo sin ninguna compasión. Y no crean que me he olvidado de los de zapata, pero si los nombres de los otros son ridículos, este se lleva la palma.

 De zapata, con dos cojones.

 ¿Se inventaron en Méjico durante la revolución? ¿Hace una zapata buena pareja con un zapato? ¿Si la moto es pequeña, son de zapatilla?

De modo que cuando accionemos la maneta o el pedal, mejor no pensar en que queremos que nos detenga algo ridículo y paradójico; vamos, que sería como un pene, ni más ni menos.

La Foto

Escrito por microtaller 21-03-2011 en General. Comentarios (1)

http://microtaller.blogspot.es/img/trial.jpg 

El otro día mi buen amigo Jesús me trajo una foto antigua, que no vieja, de un trial de aficionados y me preguntó si era yo el piloto que se veía junto a un árbol. Observada la foto, llegué a la conclusión que, si bien era casi seguro que yo participase en ese trial y seguro del todo que la moto era igual a la mía, yo nunca tuve unas botas como esas. Una pena, pues aún decapitado, me habría hecho ilusión tener una foto mía corriendo en aquellos años míticos para enseñarle a mis nietos cuando los tenga y que no le diesen la menor importancia.

Pero miremos la foto con atención. Primero la moto. Es una Ossa MAR primera serie con un uso más que notable, no hay más que observar la franja del depósito desgastada en su parte inferior y con el logo de Ossa desaparecido. La parte del chasis que va detrás de la caja del filtro del aire ha perdido su pintura del roce con las botas al ir de pie en la moto, señal de que su dueño la usaba mucho por el campo. Se puede observar también que se modificó levemente: el guardabarros delantero es de plástico y se le quitó el faro, posiblemente más por un criterio estético que de protección del mismo o de no llevarlo por no valer para nada.

Y el piloto, observemos al piloto. Lleva las botas como se llevaban en esa época: con los calcetines gruesos de lana saliendo por arriba; normalmente se les daba la vuelta para que abrazasen la parte superior de las botas. Y lleva vaqueros, nada de pantalones elásticos de colores como ahora: la gente corría con vaqueros y una sudadera o una camiseta o un simple polo. Y lleva cazadora, pero eso sí: la lleva abierta, porque en aquel entonces lo que molaba era llevarla así. Era inútil e incómodo de cojones, pero nadie ha dicho nunca que la moda no deba ser un poco esclava, y si lo ha dicho no le han hecho caso. Por lo demás, lleva guantes, aunque estoy por asegurar al cien por cien que no llevaba casco, sobre todo porque casi nadie lo llevaba.

Hay una cosa curiosa. En esa época marcábamos las zonas con cuerdas, que indicaban al piloto el camino a seguir. Puede verse una a la derecha del neumático delantero, en el suelo. Lo normal es que las cuerdas acabasen en el suelo y nadie las volviese a poner en su lugar original. Todo era un poco de andar por casa y la premura de medios se suplía con entusiasmo y afición. Incluso hubo una época en que los triales de aficionados de mi pueblo llegaron a tener una cierta fama en la sierra de Madrid; tampoco mucha: solo una cierta, no nos pasemos.

Algo digno de mención es que hay bastante público para ser un trialillo. El público no animaba especialmente, pero hacía lo que podía. Recuerdo un día en que corríamos con un intenso calor. Estaba yo negociando una zona de agua y piedras en el cauce de un río cuando más por el calor y el cansancio que por un tema de habilidad, se me caló la moto e hice un fiasco de padre y muy señor mío. Me apoyé en el manillar unos breves instantes antes de arrancar de nuevo la moto y, al mirar para arriba vi a un espectador que me hacía una seña y me lanzaba un bote de cerveza bien fría: lo mejor que podían darme en aquél momento. Pues con el bote en la mano y todo, salí de la zona sin volver a poner un solo pie, e incluso hubo algunos que me aplaudieron y todo. Bendito espectador, lástima no haberme quedado con su cara.

Muchos de los espectadores se acercaban a ver el trial con sus propias motos. En la parte superior de la foto puede verse una Cota, aunque se me hace muy difícil especificar la cilindrada. Esa moto bien podría ser de un corredor que hubiese parado por cualquier motivo, pero a mí se me antoja más probable que fuese de un espectador que acabaría recorriendo todas el trial seguramente acompañado de una chica o algún amiguete, porque las motos de trial de la época cumplían un objetivo ya perdido, que era el servir de vehículo cuando no había competición. Y no solo las de trial: en los años cincuenta, los corredores iban a las carreras montados en la moto con que competían, y en la que volvían posteriormente a casa. Sé de algunos que se hicieron más de mil quilómetros aparte de la carrera, y me da por pensar que unas cuantas horas en una moto por una carretera flanqueada de árboles cuyos troncos estaban pintados de blanco era un magnífico medio para concentrarse.

Y al final nos queda el recuerdo y el regustillo amargo que también nos dejan nuestras restauraciones: el de no haber conseguido que ciertas cosas vuelvan, tan solo si acaso haber tenido un leve retazo de su perfume. Y es que ya lo dijeron Les Luthiers: “Cualquier tiempo pasado, fue anterior”.

Pues eso.