Recogiendo mi nueva moto

No sería sincero si dijese que a la hora de elegir esta moto en particular primaron en mí las opiniones sesudas sobre su motor o su chasis, sus frenos o sus suspensiones. Y no lo sería porque mentiría descaradamente: lo que me hizo elegir esta moto y no otra es porque rezuma belleza, estilo, historia y elegancia. Y porque tiene un motor precioso, ruedas de radios, la potencia que quiero que tenga, dos relojes cromados y un cupulino más estético que protector, como una madre modelo o un perro pequeño y bien peinado. Al final la vida, a ciertas edades y conocimientos, es casi una cuestión de estilo y de sentirse profundamente a gusto con lo que se hace o se tiene. Podría haber elegido una moto que corriese muchísimo más, o que me llevase cómodo por inacabables autopistas, o una aparatosa invención de estética manga igual que casi todas las que pueden verse por ciudades y carreteras. No sé, podría haber sido convencional o racional, aunque de nuevo me dejé llevar por el lado intelectual-salvajeperomenos-estético-tradicional que gobierna mi vida hace ya muchos años y que me ha dado tantas alegrías.

De modo que cuando por fin me la entregaron, me pareció más bonita que en las fotos; es una moto especialmente bella, pero no de una belleza sencilla y popular, no, es de una belleza para iniciados que conocen el valor de cada pequeño detalle, del porqué de esos espejos y no otros, de los inyectores en forma de carburador, del colín, y que querrían conocer al gilipollas que ha puesto un odómetro y reloj digital que no pega ni con cola.

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Cuando la arranqué pude disfrutar del sonido de los dos magníficos escapes cromados, capado como casi todo en este país de locos donde se nos ahoga con normativas que nos obligan a tener dos juegos de escapes: uno para disfrutar y otro para pasar la ITV cada vez que toque, pero esto es otra historia. Suena más como una moto civilizada, y mientras espero a comprar los escapes ilegales, me aguantaré con los que vienen.

Sigamos.

Me senté en ella. Noté a la primera que las estriberas no estaban en su sitio, estaban en el sitio del pasajero, y las del pasajero también; es decir: amontonadas unas contra otras pero muy atrás. Claro, es una café racer. Entonces el manillar debería ser un dos piezas radical pero no lo es, y quise pensar que era un guiño a la gente de mi edad, que debe ser la clientela principal de este tipo de motos, junto con algunos más jóvenes pero no tanto. En resumen, personas cuyas muñecas se cansan, entrenadas básicamente en levantar vidrio y otras cosas que cada vez hacen menos por falta de concentración. Metí primera y solté el embrague con el tacto de las primeras veces. Me pareció suave y bien dosificable. Primera, segunda, tercera… suave motor y con un buen par. La cosa prometía hasta que sonó el teléfono que llevaba en el bolsillo de la camisa. Paro y me quito el casco y los guantes, y mientras hablo, se detiene frente a mí una furgoneta de reparto. El repartidor, sacando medio cuerpo por la ventanilla, y haciendo un gesto con la mano, dice: ¡Tronco, qué moto más de puta madre! Y se aleja dejándome hinchado como un pavo, pensando que para ser un defecto bastante tonto, la vanidad mola de cojones. Cuelgo el teléfono y me enfundo de nuevo guantes y casco, para poner rumbo a casa, unos veinte quilómetros más o menos. Como mi mujer viene en el coche detrás de mí, no fuerzo la máquina y la cosa no da para mucho. Pero es miércoles, y habrá que esperar al fin de semana para probarla más a fondo. De momento, esto es lo que hay.

Mi nueva moto

Mi mujer me ha regalado una moto, que estará pagando, la pobre, setenta y dos meses. No puedo expresar el sentimiento que me produce, en serio. Solo decir que es una persona maravillosa, motos aparte. Y que es la primera moto que estreno desde hace veinte años, y eso que tengo otras catorce, que no es mucho según se compare con quien, pero que es mucho si se compara con la generalidad de quienes tienen moto.

Lo cierto es que he estado esperando mes y medio a que me la entregasen, y por fin la tengo conmigo. He escrito una crónica del día que la recogí, y espero escribir una crónica más a fondo durante esta semana.

 

Friquis

Todo empezó una mañana luminosa y cálida de sol cuando tras arrancar mi moto seguía al pie de la letra el pequeño rito a que tan bien estoy acostumbrado: mientras el motor se calienta un poco, me coloco el casco intentando que no se me aplasten las orejas, lo abrocho y, despacio, me pongo los guantes mientras contemplo casi extasiado lo bien que está el artefacto para los años que tiene, con esa cuidada restauración y esos brillos inmaculados que en su fábrica de origen, ya desaparecida, nunca imaginaron; y porqué no, deseo salir a un lugar público con ella y pensar que todos cuantos, alertados por su petardeo, me miran al pasar, cobijan un sentimiento de envidia por algo tan hermoso y de tan buen ver.

Y justo en ese momento tan especial en que te sientas en tu montura y te dispones a salir para disfrutar de un buen paseo, me martilleó la voz de mi hija que pese a no haberse levantado a las dos, tenía la mala leche bien despierta.

- ¿Qué, a dar una vuelta con tus amigos friquis de las motos?

 

Y mientras salía, e incluso durante el resto del paseo, la palabra empezó a calar hondo dentro de mí.

Por supuesto que yo no soy un friqui, ni mis amigos tampoco; no se nos ve en los estrenos de películas fantásticas vestidos de Frodo, de Dr. Spock, de Harry Potter o de cualquier monstruo extraño, no tenemos espadas láser en casa, ni pasamos horas coleccionando cromos, fotos, pegatinas, muñecos o maquetas; no hablamos durante horas de las escenas de películas o pasajes de libros o de todas esas cosas que tanto gustan a los friquis…

Cierto es que tengo varias motos, y revistas viejas, y pegatinas, y fotos antiguas, y alguna maqueta; que cuando me junto con mis amigos podemos estar, y estamos, horas hablando de lo mismo, pero para eso están los amigos. Y no tiene nada que ver que la cazadora que uso sea vieja o lo parezca, que me gusten los guantes de cuero negro y corte clásico, que mi casco no sea más antiguo porque no estaría homologado o que tenga una colección de maquetas de Vespa en casa, ni un montón de libros que hablan todos de lo mismo… yo no soy un friqui. Hasta ahí podríamos llegar.

 

Y entonces di un frenazo (todo lo frenazo que la moto permitía) y me paré en la cuneta, alarmado por una revelación inimaginable: ¡soy un friqui!

 

Un friqui, resulta que soy un friqui, pero no solo eso, soy un friqui evidente, un friqui prototípico, un friqui de libro, un friqui clásico a la vista de todos; y puede que las miradas de la gente cuando me ve pasar no sean, como yo creía, de envidia o admiración, son miradas con sorna y un poco de lástima al ver al friqui presumir por la calle de algo que tan solo él cree importante, tan hinchado… Y eso me bajó la moral tanto y de tal modo que guardé la moto e incluso valoré la posibilidad de quemar los libros, las pegatinas, las revistas, los manuales, las fotos e incluso las maquetas, de darme de baja en todos los foros, vender las motos y esconderme en casa hasta que nadie se acordase de mi y pudiese salir a la calle de nuevo como una persona liberada y dispuesta a comerse el mundo.

Lo cierto es que pasé así varias semanas intentando tranquilizarme y pensando en cómo salir de aquello en que me había convertido, buscando excusas para conservarlo todo y poder librarme a la vez de la etiqueta, de volver a parecer un paseante cualquiera y de que nadie pensase que…

Finalmente, armado de valor, le pregunté a mi mujer.

- ¿Tú crees que soy un friqui?

- Por supuesto que sí. Un friqui estupendo – contestó casi de refilón, dándome un beso.

Pasé una noche horrible en que me veía a mi mismo vestido como Marlon Brando rodeado de otros como yo, cada uno mas obsesionado que los demás, hablando de motos y motores sin parar, bebiendo cerveza porque es lo que se esperaba de nosotros, contando viejas historias, algunas de las cuales no vivimos nunca pero leímos en algún sitio, echando unas risas con cosas que los demás mortales no pueden entender…

En suma, me veía como friqui en una reunión de friquis, y lo peor es que me gustaba, que disfrutaba, que me sentía lleno y perfectamente en paz conmigo, que descubrí que ser friqui no es malo; en resumen, que entendí mi conversión en friqui como algo bueno y natural, consecuencia de mi evolución y por tanto perfectamente asumible.

Y creedme, no se puede luchar contra la evidencia. Desde que soy friqui y lo reconozco, veo las cosas de otra manera, y es una manera magnífica de ver las cosas. Hacedme caso, no peleéis contra lo inevitable: asumid vuestra condición de friquis de una vez y comenzad a disfrutar sin complejos de ese estado tan especial del ser humano.

 

Me llamo Manuel, y soy un friqui.

OSSA

No se bien cuántos proyectos inacabados tengo entre manos, quizá demasiados. Y sin querer escarbar el porqué (seguramente por no asumir algo siniestro), en Noviembre pasado redescubrí mi vieja Ossa MAR al final del garaje, llena de polvo y con un depósito de mercurio puesto, lo que le daba una imagen entre antigua y grotesca, pero que me hizo esbozar una sonrisa.

Tal como están las cosas, restaurar una moto de campo no parce tener mucha utilidad, y más aún siendo de alguien que, como yo, ha hecho trial muchos años. Pero están los triales de motos clásicas, que te dan la oportunidad de poder usar tu moto en el ambiente para el que fue creada, y esto planteaba varios desafíos, a saber:

- El motor tiene que estar ajustado a la perfección, y lo mismo pasa con el resto de las partes "activas" de la moto.

- El piloto tiene que estar entrenado, lo que significa varios meses de práctica y, en mi caso, perder unos cuantos kilos.

Pero me hacía muchísima ilusión. Primero, porque debo demostrarme a mí mismo que he salido del pozo y soy capaz de terminar algo que empiece; y segundo, porque echo muchísimo de menos el trial y todo lo que llevaba aparejado, que no era poco.

De modo que el plan es poder correr aunque sea una sola prueba del campeonato de Madrid de 2.011, y esto es mucho más difícil de lo que a simple vista podría parecer.

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Aquí está la moto con su depósito y asiento puestos. Las piezas que faltan las tengo todas, y en general su estado no es muy malo, o eso parece.

Está pintada con el chasis negro y el depósito gris, tal como la dejé yo hace casi treinta años, y mi idea es pintarla así de nuevo.

 

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He tenido que organizar el taller a tope para acometer en serio esta aventura. Esto es obvio, pero tremendamente recomendable. Hecho esto, he comenzado a desarmarla.

 

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El motor, por fuera, está hecho un asco, no hay más que verlo. Eso si, óxido hay muy poco, lo cual es una ventaja.

 

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Y así se encuentra ahora. Esta tarde quitaré la culata para poder sacar el motor. Luego terminaré de desarmar el chasis para dárselo a mi amigo Fernando que tiene una empresa en la que se dedican a pintar trenes y me lo va a pintar al horno. La ventaja es doble: no tengo que limpiarlo ni decaparlo y no me cobra, porque este es un proyecto pobre de dinero y rico de ilusión.

Continuaremos informando.

 

Cuento 3. Vuelta a casa.

Este es el tercer cuanto que publiqué. Al releerlo he estado a punto de cambiar alguna cosa que no cuadraba, pero al final he peferido dejarlo tal cual es. Después del cuento os explicaré qué no cuadraba y porqué, pero seguro que alguien se da cuenta. Se titula "Vuelta a casa" y fue producto de un momento especialmente duro, de esos en que uno buscaría un refugio donde esperar a que pase la tormenta. Ahí va.

 

Vuelta a casa.

 

A esas horas de la mañana el bar estaba todavía tranquilo, tan solo uno o dos clientes apuraban el café en silencio; uno de ellos acompañado de una copa de aguardiente como cada mañana, y a Alberto se le ocurrió que si él le había visto beber lo mismo siempre las tres últimas semanas, el tiempo que llevaba en aquél pueblo, y teniendo en cuenta que el hombre aparentaba unos sesenta años y estimaba que repetía el mismo hecho seis días por semana y tenía en cuenta que podría haber empezado a hacerlo con dieciocho años, le salía más o menos que había ingerido unos seiscientos litros del mejunje, litro más litro menos. Si tuviese una moto que quemase orujo en vez de gasolina, podría haber recorrido…

- Perdone, ¿es usted el de las motos?

Alberto no había reparado en el hombre que se dirigió a él. Era menudo, mayor, seco y despierto, de manos callosas y ojos cansados.

- Reparo motos, si.

- Le he visto arreglando la moto del Venancio, que hay que ver cómo la ha dejado de reluciente con lo mala que estaba. Se le ven buenas manos, joven.

- Muchas gracias. Tan solo es que me gusta lo que hago.

- ¿Y usted podría mirarme la mía?

- ¿Quiere restaurarla?

El hombre se quedó mirando fijamente sin cambiar la expresión.

- No, verá usted… - titubeó- es que tiene un problema raro. Pero raro de cojones, oiga.

- ¿ No arranca?

- Sí, si arrancar, arranca. Y a la primera, como siempre. Lo que le pasa… oiga ¿usted entiende mucho de esto, verdad? Porque lo de mi moto no es normal.

- Hombre, en estos años de oficio he visto casi de todo, y todo tiene arreglo aunque a veces se complica un poco. ¿Qué es lo que le pasa exactamente?

- A ver cómo le explico… vamos a ver… usted imagine que coge la moto por la mañana para ir al pueblo de al lado, por ejemplo. Bueno, pues arranca y tan campante ¿no? Entonces sale usted y tan bien, pero en cuanto gira, se para.

- A lo mejor un cable que hace masa…

- No, no hay masas que valgan. Verá usted, la moto solo funciona cuando va hacia el sur. Si usted quiere ir a otro sitio, se para y no hay cojones de ponerla en marcha. No sé qué coño puede pasarle.

- Eso no es posible, habrá algo que falle.

El hombre se encogió de hombros, mientras sacaba un paquete de tabaco del bolsillo.

- ¿quiere?

- No, gracias.

- Ahí es donde quiero verle a usted, a ver si es capaz de encontrarlo, porque ya le digo, si no va al sur, no funciona. Y que conste que yo no me había dado cuenta, fue mi vecino quien me lo dijo – el hombre hablaba ahora con el pitillo aparcado a un lado de su boca – es profesor, un poco raro, pero muy ilustrado.

- Ya…

- Entonces… ¿se pasará usted a verla?

Alberto hizo un resumen breve de su agenda. Tenía dos días para llegar a otro sitio a unos trescientos quilómetros para restaurar una moto inglesa que tosía en francés, con un sonido nasal que había despertado hilaridad en él cuando su propietario le explicó por teléfono que se trataba de no perder ese sonido del escape con la restauración, y que le pagaría muy, muy bien. Tenía previsto cobrar esa misma tarde el trabajo que concluyó ayer – la moto del Venancio – y marchar tranquilamente en su caravana a la próxima cita. De cualquier manera, a lo mejor le daba tiempo a echarle un ojo a la otra.

- De acuerdo, en una hora o dos, venga por aquí y nos vamos para allá.

- Muchas gracias, aquí nos vemos.

Y el hombre se caló la gorra y salió del bar con una vitalidad que daba envidia.

Hora y media después, Alberto y el hombre de la gorra estaban frente a la moto. Para la edad que tenía, estaba impecablemente conservada: limpia y reluciente, con ese tono de pintura que solo puede dar el tiempo, pero en un estado inmejorable. Sería una pena que alguien pusiese una sola gota de pintura o el mínimo atisbo de pulimento sobre aquella máquina tan hermosa. Incluso el sillín estaba como nuevo. Alberto no pudo por menos que felicitar al propietario.

- Cuida usted bien de sus cosas. Enhorabuena.

- Gracias, esta moto y yo hemos pasado muchas horas de un lado para otro. Al final, cuando me jubilé, dejé de usarla una temporada, y a lo mejor es por eso, pero cuando quise funcionar con ella de nuevo, salió el problema.

- Seguro que no es nada.

Alberto se puso manos a la obra. Echó un ojo a toda la moto y parecía que estaba todo en orden. Abrió la llave de la gasolina, cebó el carburador y dio una patada enérgica. La moto arrancó a la primera, emitiendo un sonido contundente que aún así dejaba apreciar el magnífico ajuste del motor.

- Este motor parece estar perfectamente.

- Y lo está, no lo dude. Pero ahora pruebe a salir de casa. A la salida puede ir recto hacia el sur, o a izquierda o derecha. Si no sigue recto, la moto se parará.

- Ya veremos.

Alberto esperó a que el motor se calentase un poco y engranó la primera velocidad, que entró como si nada, algo que le sorprendió por lo inusual. El embrague se mantenía perfectamente, y el ralentí era matemático.

- Oiga, esta moto está perfecta.

- Salga usted y luego me lo cuenta – ahora el hombre parecía divertido – salga…

Dicho y hecho. Soltó el embrague y enfiló el camino hacia la puerta. Los frenos parecían funcionar tan bien como lo demás. Paró y no pudo evitar una sonrisa cuando llegado al cruce tuvo un momento de indecisión que le sugería tirar hacia el sur, convencido de que no fallaría. Pero si tenía que averiguarlo, el camino debería ser otro: izquierda o derecha, qué más daba. Soltó el embrague y enfiló hacia el camino de la derecha. Nada, el motor funcionaba como una seda, y Alberto sacudió la cabeza y pensó si en su vejez tendría también extrañas obsesiones. Pero en cuanto la moto había recorrido diez o doce metros, el motor se paró.

- ¿Ve usted? – oyó gritar al hombre desde la casa – ya se lo había dicho.

Alberto no se lo creía. Miró y comprobó todo de nuevo, pero no encontró nada. Dio la vuelta y se encaminó empujando hacia la casa. Cuando estaba llegando, el hombre se acercó a la puerta.

- Póngala hacia el sur y arránquela. Póngala, póngala.

¿Y por qué no? Pues porque era admitir algo imposible. Dentro de Alberto había un montón de años de experiencia que estaban reunidos analizando las posibles causas de la avería: eléctrica, de carburación… Y no obstante, le dio la vuelta a la moto. Puso punto muerto y dio una patada: la moto arrancó a la primera.

- Eh – oyó al hombre - ¿qué le decía yo?

- Espere, voy a probar de nuevo.

- Como quiera, pero se va a parar.

Y Alberto enfiló por el camino de la izquierda; eso si, no más de diez metros hasta que se paró de nuevo. Lo malo es que esta vez se lo esperaba y se sintió incomodo al reconocer aunque tácitamente que el hombre tenía razón, apoyado por el hecho de que la reunión que su experiencia llevaba a cabo dentro de su cabeza había hecho un receso para tomar café. De modo que vuelta a empujar, vuelta a arrancar y vuelta al cruce. Esta vez hacia el sur. Y esta vez no se paró ni en la pequeña cuesta que lo alejaba de la casa, y cuando la coronó dio la vuelta para mirar al hombre y la moto se paró inmediatamente, pero por supuesto estaba mirando al norte.

Bajó la cuesta en punto muerto y empujó hacia la puerta, donde esperaba el hombre.

- Vale – dijo Alberto – los hechos parecen darle la razón – el hombre se encogió de hombros – pero tiene que haber un motivo. Vamos a hacer una cosa, esta noche déjeme mirarla a fondo y mañana hablamos. ¿De acuerdo?

- Como usted quiera. Pero…

- Mañana.

 

A eso de las doce, Alberto había hecho recolección de todo lo que quería cambiarle: bobina, carburador… y estaba saliendo de tomar café en el bar donde conoció al hombre cuando alguien se dirigió a él.

- Disculpe, ¿puedo hablar un momento con usted?

Era un hombre delgado, con gafas y el pelo demasiado blanco, con unas manos impecablemente cuidadas y vestido de manera informal. Alberto notó en él el tono y la manera de hablar de las personas cultas y supo quién era.

- ¿Es usted el profesor?

- En efecto, es usted muy observador – le tendió la mano – me llamo Virgilio, y usted es...

- Alberto, mecánico ambulante.

- Mucho gusto. ¿Qué me dice del pequeño misterio que nos ocupa?

- Que no habrá ningún misterio cuando descubra el motivo.

- Correcto – el profesor esbozó una sonrisa – hay un motivo. Pero usted quiere averiguar por qué se para de un modo técnico. Yo creo que lo que hay que averiguar es la causa de que solo funcione hacia el sur; dicho de otro modo: a dónde quiere ir la moto.

- ¿Qué?

- Parece claro que la moto funciona hacia el sur. A no ser que el campo magnético de la tierra se haya alineado con ella, lo cual es una chorrada y perdón por la expresión, la única solución al enigma es que la moto solo quiere ir en esa dirección, en cuyo caso lo único que nos queda es saber el destino exacto, y ese es el único misterio. ¿O tiene usted alguna explicación mejor?

- No tengo una explicación, pero por el sencillo caso de que aún no me he puesto con ello. Tarde o temprano, sabré qué le pasa y lo dejaré solucionado. Podré tardar más o menos, es cuestión de tiempo…

- Y entonces – sugirió el profesor - ¿por qué no prueba primero lo que yo le digo?

- Claro, se lo pregunto a la moto. Y si dentro de diez horas no me contesta, la destripo.

- ¿Sabe? En el fondo me recuerda usted a los médicos de hace mil años. Creían que su técnica era suficiente para resolver todas las enfermedades, y al final mataban a la gente intentando averiguar qué les pasaba, aunque no lo dijesen.

- Entonces, vamos a hacer una cosa. Usted que tanto parece saber de esta moto, pregúntele y si obtiene respuesta me la cuenta, y tan felices.

El profesor sonreía sin malicia.

- El problema – dijo – es que yo no se montar en moto. Pero si supiese, montaría en ella y vería hasta donde me lleva. Si por ejemplo al tomar una determinada dirección se para, probaría por otra hasta que no lo hiciese. Estoy convencido que al final se parará en el destino final. Y entonces sabremos a dónde quiere ir.

Alberto estaba sorprendido, hablando de algo absurdo con una persona que parecía muy razonable, al fin y al cabo era un profesional y sabía muy bien cuál era el camino a seguir… ¿como los médicos de la edad media?

A Alberto no le gustaban los médicos.

- Vale, supongamos que lo hago. ¿Y si le da a la moto por ir al Polo Norte?

- Al polo Sur, en todo caso.

- Eso – sonrío – al sur. Pues peor, porque desde el Polo Sur todos los caminos van al Norte…

- No se porqué pero creo que no irá muy lejos.

- ¿Y en qué se basa? ¿Se lo ha comentado su bicicleta?

- Entiendo su escepticismo, pero no pierde nada por probar. ¿Qué me dice?

Alberto no sabía qué decir. Por un lado, era como reconocer un absurdo. Pero tampoco perdía nada y en el fondo sentía curiosidad. Además, le permitiría probar la moto a fondo durante ¿muchos quilómetros?

- De acuerdo. ¿Se atreve usted a conducir mi caravana? Porque no me gustaría verme en medio de un páramo con la moto negándose a andar y sin nadie a quien recurrir.

- Entonces, hecho – y el profesor le tendió la mano, como cerrando un trato, y Alberto la estrechó aun sin saber muy bien porqué.

 

Apenas una hora después, Alberto se sentó sobre la moto estaba arrancada, que mantenía  el ralentí con obstinada precisión: prop, prop, prop, prop, prop… y al primer pequeño golpe de acelerador el motor subió de vueltas alegremente y luego prop, prop, prop, prop, de nuevo con una vibración maravillosa. Se ajustó el casco y llamó al profesor, levantando la voz para hacerse oír por encima del motor:

- Esto es lo que vamos a hacer. Usted me sigue a unos doscientos metros. Si ve que la moto se para, pare donde pueda, pero no se baje hasta que yo se lo indique. ¿De acuerdo?

- De acuerdo. Cuando usted quiera.

- Pues vamos allá.

Primera y suavemente directos al sur, porque ya sabían que la moto se paraba en los otros dos caminos. En el siguiente cruce, la moto se paró en dirección al Oeste, y Alberto la empujó hacia el Sur para poder seguir en cuanto la tuvo encaminada. Cuando ya llevaban veinte o treinta quilómetros, Alberto había desarrollado la habilidad de acelerar un poco antes de cada cruce y saber cuál era la dirección correcta sencillamente con apuntar hacia ella al mínimo amago de fallo del motor; entonces todo volvía a ser correcto. La moto funcionaba más que bien para la edad que tenía, como su dueño, que estaba como un chaval y que seguía curioso todo el experimento desde la caravana, y que pasaba todo el viaje mascullando “jodía moto”, a lo que el profesor acompañaba con una sonrisa y una aseveración: “sí que lo es, sí que lo es…”

Cuando habían recorrido unos doscientos quilómetros, Alberto se rindió a la evidencia y reconoció para si mismo que la moto sabía a dónde quería ir, por absurdo que pudiese parecerle, y más cuando vio en un  cartel que quedaban pocos quilómetros para una ciudad y sintió que el motor parecía animarse como si sintiese la proximidad del destino tanto tiempo deseado. En la cuidad era un poco más complicado, pero entre tiras y aflojas, enfilaron una avenida hermosa, con un bulevar florido por el que paseaban muchas personas y que daba una nota de color a todo aquello.

Y entonces, sin desvío ninguno, la moto se paró frente a un parque. Alberto sacudió la moto con las piernas y sintió la gasolina moviéndose por el depósito. Miró la pipa de la bujía tan solo para comprobar que estaba correcta. Entonces, se bajó para echar una mirada más profunda, porque por primera vez desde que salieron, la parada no había tenido que ver con el sentido de la marcha.

- Bien, veamos – y fue a hacer una seña a la caravana cuando vio que ya venían caminando el profesor y el hombre mayor, que tenía la mirada perdida en el infinito.

- Un problema mecánico, al fin…

- No señor, no es eso – respondió el hombre – simplemente es que hemos llegado.

- ¿Aquí en medio? ¿Y qué tiene este sitio de especial?

El hombre miró hacia el parque.

- Ahora nada, pero cuando yo compré la moto, aquí estaba la fábrica donde la construyeron. Ha vuelto a casa, pero la casa ya no existe…

Hubo un silencio denso y oscuro, casi se diría que hasta quienes paseaban por el parque callaron unos instantes.

- ¿Y porqué ha querido venir aquí? – preguntó Alberto.

El hombre guardó silencio. El profesor habló bajito pero claro.

- Ha venido a morir, a morir con los suyos.

Y de nuevo el silencio. ¿A morir? ¿Por qué quiere morir quien está en plenitud de facultades? ¿Qué puede llevar a una moto a querer morir?

- Es culpa mía – declaró el hombre – solo mía. Yo no he sabido hacerle ver cuánto la necesito, y cuánto le debo después de todos estos años juntos, y sobre todo cuánto nos queda por hacer.

Alberto ya no sabía qué decir, porque tenía claro que el hombre tenía razón. Y comprendió de golpe el hondo sentimiento de la incomprensión y el abandono y el dolor de lo que nos parecen abusos y olvidos.

- Déjenme un momento a solas con ella – pidió el hombre, y se agachó junto a la moto, mientras Alberto y el profesor se distanciaban unos metros viendo cómo pasaba una mano lentamente sobre el depósito y susurraba algo al motor, y así cinco diez veinte treinta o más minutos, que ya no importaba. El hombre se acercó a ellos.

- ¿Me deja su casco?

- Por supuesto, tenga… - y con curiosidad se quedaron quietos a ver qué hacía. Se subió a la moto y le dio una leve patada a la palanca: arrancó a la primera.

- ¿Nos vemos en el pueblo? – dijo el hombre, y arrancó sin esperar la respuesta.

- Va hacia el oeste – apuntó el profesor - ¿y no suena mejor que antes?

- Si ni siquiera echa humo, la jodía…

- ¿Nos vamos?

- Un momento, espere usted un momento – y Alberto se encaminó a una tienda que había en la acera de enfrente, de donde volvió a salir con un paquete entre las manos.

- ¿Alguna herramienta?

- Casi – respondió Alberto – es un diccionario de francés. Creo que lo necesitaré en mi próximo trabajo. Vamos.

- Si…

 

Y los dos hombres montaron en la caravana, y no hablaron en todo el camino, y delante, cuesta arriba, hacia el Norte, el hombre y la moto caminaban decididos hacia el futuro.

 

 

Resulta que la memoria, o mejor mi memoria, me ha jugado una mala pasada. Creía que el cuento de La Historia de Alberto fue el segundo que escribí, cuando en realidad fue el tercero. Y me he dado cuenta porque no tiene sentido que quien ha viajado en el tiempo a través de un túnel no crea que una moto puede decidir a dónde quiere ir. Y dándome cuenta del sinsentido que eso es, he mirado las fechas, y ciertamente el de la Historia de Alberto fue el último de los tres. No se si es la edad o el despiste quien no perdona. O la falta de entrenamiento en recordar.

Cuento 2. Rancapú.

Por el camino que llega al río bajaba una caravana grande, casi de las de circo, arrastrando tras de sí una tenue nube de polvo blanco, sorteando los baches que la lluvia dejó tras la última primavera. Alberto, el conductor, pensó que no hay nada más tonto que un charco sin agua, pero luego cayó en la cuenta de que un charco sin agua no es tal charco sino agujero, y que por tanto un agujero con agua es charco y no agujero y que allí delante tenía la casa amarilla que aquel hombre del pueblo le indicó con tan pocas palabras. Alberto era mecánico ambulante: recorría los lugares a que le requerían arreglando motos y, en época de vacas flacas, lo que fuese necesario, mas su mundo y su vocación estaba en estos aparatos de dos ruedas que le parecieron siempre mágicos porque sabía que de todos los artefactos eran los únicos a los que el hombre creó con alma, y que el alma de las motos herrumbrosas solo esperaba a que alguien frotase y le hiciese salir de su letargo.

 Hacía ya dos meses que recibió la llamada de una mujer que quería restaurar una moto que perteneció a su padre, ya fallecido años atrás.

- ¿Y qué moto es? – preguntó él – porque deberé hacer acopio de piezas.

- Yo no entiendo de motos – dijo ella – pero en el depósito pone “Rancapú”.

- ¿Ranca qué?

- Rancapú; Ran-ca-pú.

- No conozco la marca. ¿Es extranjera?

- Creo que no, de pequeña recuerdo haber visto otras como estas. Es verde…

- ¿Podría enviarme una fotografía?

- Desde luego, no hay problema.

Y cuando recibió la foto identificó el modelo en un instante: era una de esas motos que sirvieron para todo. Estaba en un estado cosmético más que lamentable, llena de paja y óxido, de polvo y tierra pegada a la grasa y con algunas piezas irrecuperables, pero no parecía tener muchas complicaciones, de modo que calculó la fecha en que podría hacer el trabajo y llegó a un acuerdo con la mujer.

Y allí estaba ahora, con la caravana taller-vivienda al final del camino polvoriento que llevaba a la casa amarilla. Una mujer de entre treinta y cuarenta y tantos leía un libro a la sombra de una gran higuera. Paró la caravana y descendió de ella.

- Buenos días, ¿Begoña?

La mujer cerró el libro y le miró. Tenía unos ojos grandes y expresivos, y su sonrisa junto a toda ella le hicieron sentirse como en casa.

- ¿Alberto? – y sin esperar a que le contestase le alargó la mano – encantada…

- Buenos días. ¿Dónde puedo aparcar?

- Allí mismo – señaló hacia una construcción que podía ser un almacén de cualquier cosa – allí está la moto.

Aparcó junto a la puerta del cobertizo y bajó del vehículo.

- ¿Quiere verla?

- Por supuesto.

Ella se adelantó al cobertizo y encendió la luz. Dentro, entre multitud de cacharros y cajas, acertó a ver un tractor, viejo y detenido quién sabe cuándo. Junto a él estaba la moto, apoyada en la pared. Bajo la capa de polvo acertaba a verse en el depósito, escrito con letras negras, la marca que ella había dicho: Rancapú. Se acercaron.

- Pues a simple vista no parece que haya muchas pegas… ya veremos.

- Mi padre la cuidaba mucho.

- ¿Cuánto tiempo lleva parada?

- Uf… él murió hace veinte años… más o menos eso. ¿Es malo?

- Ni malo ni bueno, solo quiero hacerme una idea de lo que voy a encontrarme. En fin, voy a descargar el material. Calculo que en un mes o mes y medio puede estar terminada.

- Por mi estupendo.

- ¿Hay por aquí una toma de corriente?.

 

Una semana después, la moto estaba completamente desarmada y todo lo que había que pintar cubierto de imprimación. Alberto lograba mantener un equilibrio entre la prisa por acabar (a menos tiempo más trabajos) y la calidad que él quería dar a todas sus restauraciones; siempre pensaba que la moto era para él. Durante los primeros días había conversado mucho con ella, al ponerse la tarde, cuando podía verse revolotear a los insectos sobre un fondo naranja dejado por el sol que se va. Era maestra, casi un tópico, y divorciada de alguien cuyo recuerdo parecía doler solo con mencionarlo. Por lo demás, estaba de vacaciones hasta Septiembre, cuando tendría que volver a la ciudad y a los libros y a los alumnos y a los coches y a las personas y a las soledades y al humo y a las ausencias. Hasta entonces pasaría las vacaciones con su madre, a quien Alberto había visto una o dos veces, asomada a la ventana o saliendo de la casa, dando la sensación de que solo salía para coger aire antes de volver a entrar, como una tortuga o un delfín, a un medio que es el suyo pero no del todo.

 

- ¿Y porqué quieres restaurarla?

- Mi padre la tenía mucho cariño. Siempre decía que no tendría más moto que esta nunca, y el tiempo y la muerte estuvieron de acuerdo con él. Iba con ella a todas partes, y yo siempre he pensado que a veces a ninguna, solo a perderse un rato los dos. Le gustaba acompañar a las comitivas de los entierros y bajaba en ella con el motor apagado cuando seguía a la orquesta en las bodas y las fiestas, para no molestar. Mi padre era un hombre muy discreto. A lo mejor repararla es como recuperarle a él un poco.

- ¿Y de dónde viene lo de Rancapú?

- No lo se. Yo pensaba que era la marca de la moto. Debe ser el apodo que le puso.

 

Pasaban los días y Alberto, al mirarla, se sorprendía de cómo ella había hecho dulce una gran determinación. Era una mujer misteriosa y animada, meditabunda en ocasiones, solitaria las más pero curiosa y abierta al conocimiento. “¿Es posible que esto pueda usarse sin saber cómo funciona?” le había preguntado cuando vio todas las piezas del motor sobre la mesa, y a Alberto no le quedó sino contestar “pero funciona y se usa mejor cuando se sabe”, a lo que ella sonrió y se fue a la higuera con su libro, sus gafas y su pelo recogido en una coleta improvisada.

Y todo esto día tras día hacía el trabajo más agradable aún. Alberto llegó en tan dos semanas a la parte en que las piezas vuelven a su sitio poco a poco, empujadas las unas por las otras; esto siempre le ponía de buen humor.

- ¿Y cómo te dio por ser mecánico ambulante? – preguntó sentada en lo alto de la tapia, con las manos apoyadas junto a sus piernas, los pies colgando.

- Si te gusta la mecánica y los viajes, es lo mejor que puedes hacer. Monta un taller móvil y sal a ver por ahí qué es lo que te encuentras. Al principio lo hacía en casa, pero las motos que vienen o compras no tienen historia; las que arreglas donde están siempre te hablan de los caminos que recorrieron, ellas o sus dueños. Y al final es darles una oportunidad de volver a hacerlo. ¿Se te ocurre algo más inútil que una moto en un museo? A mi me gusta más ver estas joyas andando por ahí, que es para lo que nacieron.  Tenerlas quietas es como cortarle las patas a un caballo para que no se mueva. Morirá de tristeza tarde o temprano. Nunca dejes que te corten las alas.

Ella estiró las piernas y se miró a los pies pareciendo perderse, aunque tras moverlos un poco sonrió y bajó de la tapia, camino de la casa. Alberto encogió los hombros y siguió con su labor. Pudo ver a la madre, asomada a la ventana, mirando fijamente la moto, mirando fijamente a Rancapú.

 

Y llegó el día final. Alberto estaba tan seguro de su trabajo que siempre recogía el material antes de arrancar la moto. Cogió el depósito y pasó las manos sobre él para sentir cuán suave era: frío y perfecto de forma, brillante y con ese tacto de la pintura nueva que no tiene la pintura vieja. Colocó el depósito en su sitio y guardó en la caravana la llave con que lo fijó. Echó en él uno o dos litros de gasolina y fue a la casa a buscar a Begoña. Cuando se acercaba a la puerta, le sorprendió ver a la madre que salía con ella. Begoña se la presentó.

- Encantado, señora.

La madre de Begoña se le antojó la síntesis de lo seguro y confortable: olía a guiso y hogaza de pan, a sábanas limpias y consejos sencillos… olía a algo que no pudo recordar cuánto tiempo hacía que perdió.

Llegaron junto a la moto. Estaba impecable, mejor aún que cuando seguía a los entierros, callada como cuando precedía a las bodas y a la banda, esperando.

- ¿Arranca?

- Vamos a ver…

Alberto abrió la llave de la gasolina. Cebó el carburador y limpió con un trapo las gotas de gasolina que cayeron. Subió a la moto y dio una patada suave, casi con veneración. Nada, el motor no arrancó.

- Rancapú – dijo la madre.

Begoña y Alberto se miraron y luego miraron a la madre. Tenía una gran sonrisa en el rostro. Alberto dio otra patada; Rancapú de nuevo la madre. Y a la tercera arrancó, expeliendo un humo que la luz volvía azul. La madre sonrió aún más. Begoña dio saltos de alegría, Alberto sintió una profunda satisfacción, y la moto abrió los ojos de nuevo, buscando los caminos.

 

Cuando al atardecer Alberto iba a subir a la caravana para marcharse, Begoña le dio un beso de despedida y un gracias profundo y emotivo, lo mismo que la madre. Pero no podía irse aún, no hasta que lo supiese.

- Señora, disculpe, pero ¿podría contestarme a una pregunta?

-Pregunte, pues.

- ¿Porqué llamaron a la moto Rancapú?

La señora sonrió y pareció desaparecer antes de contestar.

- Esta moto arrancaba muy mal. Y todos los días mi marido, cuando había dado varias patadas, la miraba fijamente y decía : ¡Arranca, puta!. Cuando llevaba quince o veinte patadas, entre suspiros, se convertía en ¡Rancapú!. Y con el paso del tiempo, ya solo decía “Rancapú” desde el primer intento. Incluso lo pinto en el depósito. Esa es la historia, si es que eso es una historia.

 

Al girar la llave en el contacto de la caravana, Alberto vio que las luces del tablero se encendieron como siempre, que las agujas de los instrumentos se movieron como siempre, pero antes de girar la llave del todo, sin saber porqué, exclamo: “Rancapú”, y el motor se puso en marcha suavemente, camino de otra moto, camino de otra historia.

Cuento 1. La historia de Alberto

Este es el primero que en realidad fue el segundo. Lo he dejado tal cual es, quiero decir que he tenido que superar las ganas de cambiar dos o tres cosillas, pero creo que es mejor que se quede como está. Es curioso que una de las escenas del cuento es parecida a una de una reciente serie de TV. Eso sí, la mía es de hace casi tres años.

Ahí va.

 

LA HISTORIA DE ALBERTO, MECANICO AMBULANTE.

Diez años ya, de pueblo en pueblo con la caravana, con la herramienta, con la ilusión de volver a revivir los viejos artefactos y los recuerdos en sus dueños, o en sus hijos, o en los nietos, o en nadie salvo en el artefacto, porque ¿qué sucede con los recuerdos de los artefactos? ¿A nadie le importan? ¿Existen realmente?
Y eso fue el principio de todo, pero ahora llueve y es de noche, y Alberto ve las gotas de agua resbalar por el parabrisas cayendo de la nada y es como si quisieran parar un rato y descansar o charlar entre ellas antes de caer definitivamente al suelo, pero caen y se van, pequeños seres transparentes sin entidad salvo cuando molestan o reviven olores o brillos…
Brillos como aquellos que dejó la tormenta en la vieja y estrecha calle empedrada de adoquines en que las aceras nunca tenían la misma altura y por la que Alberto y su madre se acercaban al pequeño taller del barrio: un local oscuro al que él se asomó curioso e ilusionado por las motos, monstruos de metal que siempre le parecieron grandes y desafiantes. La madre habló con el dueño, un hombre de edad mediana, pero de la media hacia delante, con gafas y poco pelo, no muy alto.
- Aquí tiene al chico, a ver si hace de él un hombre de provecho.
- Muy bien, señora – y el hombre se dirigió a un Alberto de catorce años – coge esa escoba y ponte a barrer – y él obedeció y barrió observando las motos y las herramientas y sintiendo propio el olor a grasa, y así poco a poco entre escoba y llave fija se hacía mecánico, pero se hacía algo más: se hacía un hueco en su corazón en que almacenar motores, humos y aire en el rostro, ese mismo aire que quería sentir con la que debía ser su primera moto.
Y cuando cumplió dieciséis años, el hombre de mediana edad para delante más dos años le llevó a la parte de atrás del taller y le señaló a una moto que él siempre había visto allí, y que apenas recabó su atención, porque parecía demasiado vieja para ser buena y no creía Alberto que pudiese tener mejor destino que la chatarra.
- Aprendes deprisa, chaval. Mira, esta moto la trajo alguien para arreglar hace muchos años y nunca vino a por ella. Si la arreglas, es tuya.
Alberto se sintió un poco decepcionado, porque se veía en una de esas motos modernas que tanto admiraba, pero… ¿por qué no? Algo es algo, al fin y al cabo.
- Siempre que la arregles fuera de las horas de trabajo, ¿estamos?
Y vaya si estuvieron. Los primeros días Alberto miraba de rojo a la vieja moto siempre que pasaba por allí y casi podía sentirla despertar y salir zumbando, calle abajo, saltando sobre los adoquines camino de quién sabe dónde; y pasaron los meses y pasaron deprisa mientras Alberto recomponía despacio y con cariño y con la ayuda de su jefe aquél montón de óxido y grasa reseca que cambiaba de aspecto día a día y que al que continuamente parecía caerle belleza de algún sitio, posiblemente del cielo de las motos, o del infierno, que de todo puede sacarse provecho, hasta que quedó completa y llenó el orgullo juvenil de un Alberto ya de dieciocho años, un mecánico de categoría.
El jefe, sin embargo, no le dejó usarla el primer día porque había mucho trabajo y “lo primero es antes, chaval” y eso hizo que su deseo por salir con ella aumentase y cada noche, medio dormido, se viese a lomos de ella quizá a más velocidad de la que la moto podría alcanzar, pero soñar tiene las puertas abiertas y más allá no hay límites más que los que no existen.
Y al final, Alberto tenía que irse a la mili y la moto no debía esperar más, por lo que el jefe terminó de prepararla un sábado y se la entregó sin ninguna ceremonia.
- Anda, vete a dar una vuelta. Y ten cuidado no te pase nada.
Dicho y hecho. Meter primera y arrancar suavemente, salir despacio y con cuidado porque llovía y el empedrado siempre es peligroso, aunque la lluvia no importaba, lo que importaba era el momento, calle arriba cada vez más lejos bajo el aguacero, sobre el motor suave como un buen recuerdo, paseando entre coches, parando en los semáforos, arrancando de nuevo, tomando las calles casi como oportunidades. Y al final vió un túnel, y aunque no era su camino quiso sentir el sonido del escape multiplicado y envolviéndole, de modo que enfiló hacia él y al entrar pareció como si el ruido fuese el centro de todos estos años aprendiendo.
Cuando salió del túnel no llovía. Hacía una preciosa tarde de primavera y el aire secó rápidamente  sus ropas y su moto, su inquietud y su ansiedad, y dio color al paisaje, porque Alberto notaba que algo había cambiado, aunque no sabía exactamente que era, pero no era lo mismo: era mejor. Primero observó que había coches viejos que eran nuevos, y que las personas vestían como cuando los coches viejos ahora nuevos, y que los niños jugaban a cosas que él oyó contar a su padre, y paró en un quiosco y le echó un vistazo a uno de los periódicos que se ofrecían.
Era de hacía casi cuarenta años.
No podía ser.
- ¿Perdone – le dijo al quiosquero – qué día es hoy?
- Sábado.
- Quiero decir qué día de qué mes de qué año.
Y el quiosquero se lo dijo, con aire de darle lo mismo la extraña pregunta.
Casi cuarenta años. Treinta y ocho, para ser exactos.
Alberto no era especialmente crédulo, pero todo cuanto veía le demostraba dónde estaba, o más bien cuándo estaba, y no podía ser posible que nadie hubiese preparado una broma tan enorme, con tantas personas, vehículos, casas, periódicos… Primero sintió curiosidad, y poco a poco el pánico se iba apoderando de él: ¿y si no puedo volver? ¿Y si me quedo siempre aquí? De modo que vuelta hacia el túnel, y otra vez el sonido que retumba, y otra vez la lluvia afuera, y los coches que eran nuevos porque lo eran, y las casas y las ropas y de vuelta al taller.
- Muchacho – le dijo el jefe – debe ir muy bien la moto por la cara que se te ha puesto…
- No lo sabe usted bien. Como cuando era nueva.
- Me alegro. Anda, guárdala.
Ahora llueve, y Alberto recuerda en su caravana todo lo que le trajo esa historia veinte años atrás: la vuelta cada sábado al túnel y al ruido y al sol y a las gentes quizá más inocentes, quizá no, y a los coches nuevos/viejos y a la chica que conoció y de la que se enamoró y con quien caminó de la mano haciendo proyectos para un futuro que para él era pasado al otro lado del túnel, hasta que le anunció que tenía que irse a la mili pero que le esperase porque él siempre la querría y ella dijo que sí, que esperaría lo que fuese necesario.
Y al otro lado del túnel esperaba más de un año fuera de casa con la lluvia y la necesidad de volver. Dejó la moto a cargo de su jefe y le pidió que nadie la tocase.
- No te preocupes, nadie quiere montar ya en estas cosas. Yo te la guardo. Anda, cumple con la Patria que yo te espero aquí.
Y Alberto se fue y cumplió con la Patria o lo que fuera que fue a hacer allí y se le hizo eterno pensando en ella, y volvió y antes de ir a ver a su madre corrió hacia el taller, porque era sábado y llovía.
Pero el taller no estaba, ahora había una carnicería. Alberto entró en ella como una exhalación.
- ¿El taller de motos?
- Hijo, hace ya casi un año que lo cerraron, cuando murió el dueño.
- ¿Muerto?
- Le atropelló un camión. Se quedó como un pajarito…
- ¿Y el taller, y las cosas que había dentro?
- Su señora lo vendió todo, vinieron con un camión grande y se lo llevaron todo. No puede usted imaginar la cantidad de cosas que sacaron.
- Y ella… ¿vive?
- Se fue nadie sabe dónde. Estaba destrozada, la pobre.

Y ahora llueve, y las gotas juegan y Alberto llueve sobre el volante camino de cualquier sitio donde pueda encontrar la moto y volver a casa y al túnel y a sus brazos y al parque y al sol y al futuro que será pasado… y cada vez que cruza un túnel con la caravana, cierra los ojos y escucha el ruido hasta que sale.
Sobre todo si es sábado y llueve, como ahora.

Los cuentos de Motos de Ayer

Hace unos años, Lamaneta organizó un concurso de relatos sobre motos antiguas y esas cosas que nos gustan tanto. El caso es que como me gusta escribir, me puse manos a la obra para presentar uno y, como siempre que quiero escribir algo, me pasé casi más tiempo pensándolo que haciéndolo, dándole vueltas a cada pequeño detalle e intentando que todas las piezas encajasen entre sí para formar un todo homogéneo y sobre todo, original. Y cuando lo tuve claro, escribí de un tirón algo que no había pensado pero que me salió de las tripas. Intenté, eso si, hacer algo que no fuese pesado, que fuese amable, un poco tierno y con un leve toque de humor. El cuento se tituló Rancapú, y contaba una experiencia de alguien que se dedicaba a ir por los pueblos y ciudades restaurando motos con un taller móvil montado en una caravana. El caso es que lo hice así para quitarle importancia al personaje y ahondar más en la moto y su historia, nunca para dar inicio a una saga, porque nunca pensé que escribiría otro, sin saber porqué.
No se bien por qué motivos, el concurso de relatos no llegó a fallarse nunca; es decir, falló por no tener fallo y así quedaron las cosas. Al poco, en la cena que hacemos todos los años en el mercadillo de Alicante, Jorge Galán (alias “Oxidao”) me propuso presentarme al día siguiente a Arturo Borja, fundador y director de la revista Motos de Ayer y ver si a él podría interesarle publicar ese relato.
Arturo Borja resultó ser una de las personas con que más a gusto he hablado de muchas cosas: de motos, de libros, de literatura, de proyectos y aventuras… y me arrepiento de no haber podido aceptar en su momento la invitación a acompañarle en mi Impala a la República Checa para ver las carreras hace un par de veranos, porque creo que hubiese sido una larga ocasión de poder hablar y compartir vivencias que, dicho sea de paso, es casi lo único que ha conseguido interesarme durante mucho tiempo desde que tengo uso de razón, si es que lo tengo.
Arturo estuvo encantado de publicar mi relato, y por fin pude verlo en una revista de tirada nacional, una sensación que recomiendo a todo el mundo. No se si gustó o no, pero Arturo me pidió otro relato como el primero, pero esta vez debería contar la historia de porqué el protagonista restauraba motos de pueblo en pueblo, y creedme que es difícil inventar la historia de un personaje que ya está inventado, mas las Musas fueron generosas conmigo y así conseguí terminar el segundo relato, que debería haber sido el primero. Y de nuevo sin saber si gustó o no, me encargó un tercero que escribí cuando oscuros nubarrones se cernían sobre mi vida y que, posiblemente por esto, es como es.
Y luego, nada. De un día para otro, mi vida dio un giro siniestro que me quitó las ganas de todo, de escribir, de restaurar motos, de volar en mi simulador, de pasear con mi perro… y casi las de pelear las cosas.
Han pasado más de dos años, y con algunos claros, la tormenta parece que amaina poco a poco aunque llueve mucho todavía, pero de cuando en cuando hay un rayo de sol que te anima a salir a disfrutar del calor y de la luz.
Hace dos semanas me enteré de que Arturo ya no está en su amada revista, la que él creó y a la que tanto tiempo y cariño dedicó durante años, y me sentí triste, por él y por todos, porque las cosas hechas con cariño no es que abunden precisamente, y parece mentira con lo necesarias que son. Y una cosa me llevó a la otra, y recordé los cuentos que había escrito, y la de tiempo que llevo sin actualizar este blog, pese a la cantidad de veces que he pensado (y lo que es peor, dicho) que iba a hacerlo, por lo que al final decidí juntar las dos cosas y “publicarlos” aquí, pero no en el orden en que los escribí, sino en el que debieron haber llevado desde el principio.
Solo pido que, si es posible, se los trate con cariño. Como siempre los trató Arturo Borja. Un abrazo, amigo.

Los comentarios

Resulta que hoy he recibido un aluvión de emails avisándome de comentarios hechos en este blog, algunos de hace más de un año, y me duele no haber contestado a todos. Estaré más pendiente del blog a partir de ahora.

En cuanto al libro, lo paré porque no me convencía mucho lo que llevaba, pero creo que podré seguir adelante. De todos modos los últimos dos años han sido muy duros y, aunque todavía no se ve la luz, por lo menos he comprendido que hay que seguir con las cosas que nos parecen importantes.

Perdón por el rollo, pero me ha salido del alma. Y gracias a todos los que me leen, aunque busquen algo que no encuentren.

La Vespa (3)

El otro día, al montarlo, se me partió la cabeza del mando del aire por la parte del carburador. Como es barata me he comprado otra, pero al recibirla me di cuenta que no tenía cabeza en esa parte, y que por tanto necesitaba un prisionero para sujetarla. Lo siguiente ha sido que en la ferretería de mi pueblo no tenían prisioneros tan pequeños, por lo que ha habido que recurrir al ingenio. Aquí podemos ver la cabeza que se quedó puesta en la pieza que mueve el aire.

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Se coge una clavija eléctrica normal y corriente...

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Y aquí tenemos nuestro prisionero.

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Y aquí el cable sin cabeza.

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Primero probamos que la medida es la necesaria. ¡Y lo es!

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Cortamos a la medida con la Dremel y un disco de fibra de vidrio.

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¡Encaja a la perfección!

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Colocamos el tornillo y apretamos. Por si acaso he dejado unos 3 mm de más y lo he doblado para que no se salga. Luego he apretado el tornillo lo más que he podido. Se puede ver que funciona. En la foto el aire está tirado a la mitad.

A veces cuando la cabeza trabaja, es que da gusto...

 

La vespa (2)

Después de montar la rueda delantera, he decidido limpiar el motor, que está hecho un asco.

 

 

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Obsérvese cómo está el carburador. Apliamos el líquido mágico...

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Poco a poco con paciencia se va viendo la luz...

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Va quedando todo más limpio...

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Aquí antes...

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Y aquí después.

Le he quitado el óxido a las tapas y las he pintado con pintura calórica. La verdad es que para no haber desmontado el motor ha quedado bastante bien.  

La Vespa

Pues casi un año después, aquí estoy de nuevo, y como la situación económica no da para restauraciones, he decidido poner la Vespa en marcha. Es una Sprint 150 que me regaló mi mujer para que formase parte de un proyecto muy especial dentro de unos años. Ya digo que no voy a restaurarla por lo menos de momento, sino que voy a ponerla en perfecto estado de marcha para usarla todos los días este verano.

Lo primero subirla al elevador y comenzar por los frenos; en este caso el delantero.

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He desmontado la rueda y el tambor y me he aplicado a fondo con gasóleo y una brocha para ir retirando la suciedad, tras lo que vendrá un engrase a fondo y cambio del cable. La verdad es que no estaba del todo mal...

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... no como la parte del motor, que está bastante más guarra y abandonada, pero ya le llegará su turno.

Como estoy probando un producto quita grasa que usamos en la fábrica, he probado con la parte inferior del motor que era donde más mugre había, y los resultados han sido espectaculares: solo con una brocha y un cepillo de dientes y casi sin frotar, ha salido toda la porquería.

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 Una de las ventajas de este producto es que con agua se limpia todo lo que deja perfectamente, tanto la bandeja que he puesto abajo para no manchar más el elevador, como la brocha y el cepillo. Fijaos en cómo ha limpiado la parte baja del motor.

Esta tarde voy a usarlo con el freno de alante, a ver qué tal...

Volviendo a la actividad

Hoy he empezado a hacer cosas de motos otra vez después de un tiempo de inactividad forzada. Mi amigo Jorge me pidió que le arenase la culata y el cilindro de la Mercurio que está terminando. De modo que me he puesto manos a la obra.

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Así estaba la culata en cuestión. Alguien la había pintado de negro.

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Lo primero es tapar las roscas y la cámara de combustión. Con cinta de carrocero vale perfectamente, por lo menos si lo haces con microesferas de vidrio. Supongo que la cinta no aguantará cosas más abrasivas.

http://microtaller.blogspot.es/img/culata3.jpg 

Tras una hora larga de darle y darle, se empiezan a ver los primeros resultados. La verdad es que estaba el metal muy oscuro y no sé no sé, pero espero que quede lo mejor posible. 

Primavera

Resulta que, como quien no quiere la cosa, el invierno se ha ido y ya tenemos aquí la Primavera. La verdad es que he tenido esto muy abandonado (otros asuntos han copado mi atención) y ni tan siquiera he entrado en mi taller desde el mes de Noviembre. Ahora espero poder solucionarlo y retomar el tema del blog, y otros pendientes.

Lo importante es que todavía sigo por aquí, y con más ganas que antes.

Que no es poco.

 

Mi nuevo libro

Con esta manía mía de hacer mil cosas a la vez, al final los proyectos se alrgan en el tiempo más de lo debido. En el momento actual me encuentro embarcado en los soguientes proyectos:

- Estoy restaurando una Montesa Impala, una Montesa Scorpion y una Mobylette.

- Estoy escribiendo un libro sobre la restauración de la Impala y la Scorpion.

- Estoy aprendiendo a manejar el Autocad.

- Atiendo a mi mujer, mi hija y mi perro lo mejor que puedo (los gatos se cuidan solos).

- También dedico tiempo a un problema grave, que se va solucionando poco a poco.

- He empezado a trabajar en una nueva empresa, con lo que eso conlleva.

Y entonces he decidido escribir una novela, y aquí es donde solicito ayuda, porque para "obligarme" a tener continuidad en esto, se me ha ocurrido hacer un experimento. Se trata de pasar a cinco voluntarios los capítulos que escriba según los vaya terminando y que ellos opinen. Así conseguiré poder terminarla en más o menos un año, que es un plazo corto pero razonable.

De modo que a quien le interese participar en el asunto, me puede mandar un email en el que recibiría los envíos, y cuando sean cinco (espero llegar a ese número) empezaremos con el lío.

¿Qué os parece?

 

La horquilla de la Impala (1)

Como no puedo pintar el chasis hasta el mes que viene, aprovecharé para ir adelantando trabajo. Lo primero la horquilla, según el siguiente orden:

- Desmontaje.

- Limpieza y arenado.

- Reposición de piezas defectuosas o inexistentes.

- Pulido y pintado.

- Montaje final.

Lo primero es desmontar todas las piezas. Aquí está la horquilla sin desmontar:

http://microtaller.blogspot.es/img/horquilla1.jpg 

Básicamente consiste en la barra y el hidráulico que va dentro de ella, dos cilindros metálicos que hacen de protectores y embellecedores y la botella, que es de aluminio y se divide en dos partes. De estas, para sacar la de abajo giramos sujetando por la parte inferior en que puede acoplarse una llave fija:

http://microtaller.blogspot.es/img/horquilla2.jpg 

Es posible que en condiciones normales haya que quitar primero el tornillo inferior, pero en la mía el hidraúlico salió solo.

Una vez quitado, la siguiente parte de la botella se desenrosca del primer cilindro metálico:

http://microtaller.blogspot.es/img/horquilla4.jpg 

Y lego se saca el siguiente cilindro metálico (el más grande) y el muelle y la barra. En mi caso la parte inferior de la botella tenía un tornillo normal y corriente que no se parece en nada al que viene en el despiece. Espero que al desmontar la otra pueda ver cómo va y solucionar el pequeño enigma.

Aquí están todas las piezas:

http://microtaller.blogspot.es/img/horquilla5.jpg 

El muelle tiene más mierda que el palo de un gallinero, de modo que con lo coñazo que es limpiarlo pasaré un rato entretenido.

Y ahora tapo las roscas de la primera pieza a arenar, que es la parte inferior de la botellan para que no se estropeen.

http://microtaller.blogspot.es/img/horquilla6.jpg 

Cuando he empezado a arenarla, he descubierto que no se limpiaba bien, y era porque no salía arena de la pistola, solo aire. He sacado las microesferas de la cabina y la toma de arena se había atascado con un trozo de trapo que no sé cómo había caído ahí. Solucionado el asunto iba a empezar a darle cuando ha llegado la hora de comer.

Luego seguiré.

 

Impala. El faro.

El faro que tengo para poner a la Impala (venía con uno de plástico) lo encontró mi hermana susana (que es jardinera) debajo de una zarza, donde debía llevar más de veinte años, y está hecho polvo.

http://microtaller.blogspot.es/img/faro1.jpg 

De modo que lo primero es sacar todo lo que tiene dentro, lo que no ha sido tarea fácil.

Los tornillos ha habido que cortarlos todos, con la Dremel y un disco de fibra de vidrio, y los del cláxon con la radial directamente (y mucho cuidado, claro).

Obsérvese lo que he sacado de dentro.

http://microtaller.blogspot.es/img/faro2.jpg 

Esto es el interruptor del cambio de luces.

http://microtaller.blogspot.es/img/faro3.jpg 

Y esto todas las cosas.

Luego, cabina de arenar y cepillo eléctrico, y aunque no lo he terminado todavía, se van viendo progresos...

http://microtaller.blogspot.es/img/faro4.jpg 

Ya veremos cuando toque por dentro...

 

Construyendo una mesa auxiliar

Cada vez que me pongo a trabajar en el taller, al final se me llena el banco de herramientas, piezas y cosas varias. De modo que decidí construir una mesita auxiliar con ruedas que me ayudase a manener el orden y tener las cosas más a mano. La idea era diseñarla con un aire "retro" para que pareciese un poco antigua, de modo que le hice unos arcos muy de moda en los setenta. La he construido con unos trozos de madera sobrantes que tenía por casa y unas ruedas que compré hace años para un banco de trabajo y que al final no le puse.

http://microtaller.blogspot.es/img/mesa1.jpg 

Para que pareciese más antigua, en vez de cortar las piezas con la circular, las he cortado con la sierra de calar, que deja más imperfecciones. Luego la enmasillé sin demasiado cuidado, para que las juntas y las aristas no fuesen perfectas.

http://microtaller.blogspot.es/img/mesa2.jpg 

Y finalmente la pinté a brocha procurando que se notasen los brochazos, como si hubiese sido repintada varias veces. Esto se consigue pasando la brocha por encima cuando la pintura lleva unos minutos aplicada.

En cuanto coja un poco de mugre y le ponga algunas pegatinas, el efecto de "mueble viejo que lleva muchos años en el taller" será total.

O eso creo.

Llegó el Invierno

Hoy estaba decidido a sacar del chasis el motor de la Impala, convencido que aunque nos han caído -9 esta noche, no haría mucho frío dentro del "Microtaller".

Craso error. Mucho me temo que deberé buscarme un calentador pequeñín para estas ocasiones. Cuando he mirado hacia fuera, estaban el perro y los dos gatos sentados junto a la puerta, al sol, con cara de no entender absolutamente nada. Y la verdad es que no sabría cómo explicárselo.

http://microtaller.blogspot.es/img/invierno1.jpg 

De izquierda a derecha: Pixie, Txistu y dixie.

Los dibujos

Cuando desmonto una moto, hago dibujos de los detalles que me parecen importantes, aunque a alguien pueda parecerle que no lo son tanto, pero son cosas que creo que cuando haya que volver a montarla pueden facilitar las cosas. Ahí va uno de ejemplo.

http://microtaller.blogspot.es/img/impala2.jpg 

Desmontando la Impala

Bueno, pues llegó el momento de comenzar a desarmar la Impala. Me he armado de bolsas de congelar con etiquetas para guardar y catalogar las piezas, de una libreta y un lápìz porque yo hago dibujos de algunas partes, y de cámara de fotos.

Primero he quitado el depósito y el asiento, y luego, poco a poco, todo lo que va pegado al chasis, menos los guardabarros que quitaré cuando haya quitado las ruedas; es decir después de quitar el motor y todo lo que pueda.

 

http://microtaller.blogspot.es/img/impala1.jpg

 

La verdad es que con la moto subida en un elevador (aunque sea rústico como el mío) se trabaja muchísimo mejor y las cosas paracen más fáciles.

Puede observarse la cantidad de polvo de caminos que tiene la moto, pero por lo menos no tiene demasiado óxido, aunque mugre hay para repartir. Espero tenerla desmontada esta semana. Ya veremos.

 

Más fotos del elevador

Las fotos que faltaban:

Primero la pletina que he puesto en posición de plegado. En esta posición sirve para fijar las patas.

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Ahora en su posición con las patas desplegadas. Aquí sujeta las patas para que no se venzan.

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Y finalmente las piezas que he puesto para sujetar la moto con correas si fuese necesario. Son de esas que se usan para sujetar a los posyes de la vallas metálicas.

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Lo siguiente que voy a construir es una pieza regulable para sujetar la rueda delantera. Cuando la tenga la pondré aquí.

Elevador de motos

Cuando me compré aquel elevador barato de motos que vendían en Makro, comprobé que si la moto tenía el escape por debajo no podía usarse, y que a demás no la levantaba a una altura suficiente para poder trabajar en ella cómodamente. En Lamaneta salieron algunas posibles modificaciones, pero por desgracia ninguna para alguien que no sabe soldar lo bastante bien (como es mi caso de momento). Y como además trabajaba en una fábrica de muebles, pues me hice un diseño para hacerlo de madera.

Básicamente se trata de un tablero (de Dm de 180x50x5) con cuatro patas articuladas y unos listones para que el elevador esté centrado y no se mueva.

Primero se pone la plataforma sobre el elevador.

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En este momento las patas está bloquedas. Cuando hice la foto las bloqueaba con un alambre, pero he mejorado el sistema con unas pletinas.

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A medida que el elevador sube y tras desbloquear las patas, éstas van bajando solas.

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Y una vez elevado del todo, se aseguran las patas y listo. Una de las ventajas es que puedes subir la moto tú solo cuando está abajo. También le he puesto unas varillas de esas en forma de "U" para poder sujetar la moto con correas si fuese necesario (a ver si mañana hago unas fotos y las pongo).

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Y finalmente se puede ver lo poco que ocupa una vez plegado, algo que en mi taller es vital. A mi desde luego me funciona muy bien.

La moto de Quico.

He pensado que mi Impala, aunque sea mía, es la moto de Quico y siempre será la moto de Quico. Me gustaría poder restaurarla entera de aquí a primavera para poder ir a enseñársela, pero va a ser complicado. Hay varios motivos importantes: la situación económica en casa no es muy boyante, tengo un problema familiar gravísimo que va a requerir toda mi atención los próximos meses y además en mi pueblo el invierno es siempre muy duro, lo que ralentiza absolutamente todas las actividades. Lo fácil sería agarrarme a todos esos argumentos y aparcar el proyecto, pero creo que no sería justo conmigo mismo y con quienes me quieren y esperan algo más de mí, de modo que sin medios materiales, sin tiempo y en ocasiones puede que sin ganas, lo único que me queda es el empeño y el apoyo que pueda recibir, que no es poco.

Así pues, para los siguientes meses no tengo más que trabajar aún más, dedicarle todo el tiempo posible al problema familiar, escribir dos libros que tengo en proyecto (uno de ellos la historia de la restauración de la moto), restaurar la moto de Quico y dedicarle tiempo y atenciones a mi mujer y mi hija, sin olvidarme de salir a tomar algo de cuando en cuando con mis amigos y preparar la Vuelta en Bultaco Mercurio del año que viene, entre otras cosas.

Por lo menos no creo que me aburra.

Limpiar una cadena

Voy a limpiar la cadena de la Scorpion, porque aunque tiene mucha mugre no está demasiado mal, no tiene óxido y lo único que hay que hacer es quitarle la capa de grasa y polvo que la ha protegido todos estos años.

Lo primero es meterla en la maquinita de lavar piezas que compré en herramientas clásicas. Hay que hacerlo en un sitio bien ventilado porque si no te arriesgas a coger un pedo de muy señor mío.

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Una vez la hemos mojado bien con el líquido desengrasante, la frotamos con un cepillo metálico de púas no muy duras (de las de color dorado) hasta que hayamos quitado toda la mugre posible.

 

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El resto de la mugre la quitamos con la punta de un destornillador fino (sobre todo la que ha quedado entre los eslabones) Despues un par de vueltas más con el cepillo y enjuagamos con el líquido desengrasante.

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Finalmente, se deja secar y se protege con una buena rociada de 3 en 1 para que quede protegida de posibles humedades.

 

 

 

 

 

 

 

Mi Impala

Al hilo de la "polémica" de que alguien tenga una Mercurio y una Impala he publicado un post en el foro de las Mercurio sobre mi Impala. Como me parece interesante, lo copio aquí.

 

Creo que ya conté la historia de la Impala, pero no me importa repetirla, al contrario.
Hace unos años mi mujer y yo (entonces mi novia) compramos una casa pequeña en un pueblín de León de tan solo 23 habitantes. Y la compramos porque era barata y nos gustó y además no teníamos dinero para más (la hipoteca era por 2.500.000 ptas). Y esa fue nuestra primera casa, a la que tan solo íbamos una vez al mes pero que para nosotros tenía mucha importancia. El que guardaba las llaves era un tal Quico, que era el cartero de todos aquellas aldeas y que es una persona extraordinaria de un nivel humano como pocas veces he vuelto a ver. Y Quico llevaba casi treinta años repartiendo el correo con la Impala por caminos de tierra y carreteras estrechas de montaña, en Invierno y Verano, hiciese frío y calor.
Pero la vida va cambiando y nosotros espaciamos cada vez más nuestras visitas: yo tenía muchísimo trabajo y cometí el error de dejar de lado las cosas sencillas, hasta que llegamos a ir al pueblo una o dos veces por año. En ese tiempo Quico se jubiló y le diagnosticaron un Parkinson, de modo que dejó de usar la moto. A mi mujer y ami nos gustaba compartir con Quico y Marcelina, su mujer, un vinillo, un trozo de chorizo y una charla en su cocina cuando estábamos allí, y en una de esas le pedí que me vendiese la moto, y de verdad que en aquél entonces me pareció un sacrilegio, porque en el fondo la Impala era lo único que le sujetaba a su vida de cartero cuando todavía se sentía útil. Quico me dijo que también se la había pedido un vecino y os juro que me confortó muchísimo saber que aunque no sería mía por lo menos estaría cerca de su propietario original.
Y así pasaron dos años, hasta que decidimos vender la casa y fuimos al pueblo a pasar el último fin de semana. Entonces, Quico me cogió en un aparte y me dijo "si quieres la moto, es tuya. Me das veinte mil duros y te la llevas, pero no le cuentes a nadie del pueblo por cuanto, porque aquí la gente es muy envidiosa". Y se le saltaban las lágrimas.
Quince días después fui a por ella con un buen amigo. Quico la sacó del pajar en que se encontraba y me demostró cómo arrancaba, aunque con su enfermedad pude ver que le costaba un montón. Y la moto arrancó a la tercera o cuarta patada. Esa era la última vez que iba a arrancarla él y lo sabía, no había más que ver cómo lloraba cuando la subimos a la furgoneta. Se acercó y me dijo "lo único que te pido es que cuando la arregles me la traigas para verla". Y nos fuimos carretera arriba camino a casa con un nudo en el estómago.
Esta es la Impala que yo tengo, y me preocupa mucho que no me de tiempo a terminarla para que Quico la vea, porque la enfermedad hará cada vez más mella en él y el tiempo no tiene piedad. Yo no compré la moto por su forma, motor, marca o lo que sea. Yo la compré porque para mi mujer y para mí es un trozo de historia que no quería se perdiese en algún chatarrero desaprensivo, solo por eso, y me encanta verla en mi garaje y procuraré terminarla cuanto antes y marchar al pueblo y tomar un vino con Quico y ver cómo se le ilumina la cara.
Y por eso estará conmigo hasta que tenga que venderla y me tiemble la mano al firmar los papeles, como a Quico.

El encendido de la Mercurio

Después de un tiempo de continuos problemas con el encendido de la Mercurio, el buen amigo Jorge me regaló uno de modelo 22, y el buen amigo Iñaki se ofreció a ayudarme a cambiarlo ya que casualmente pasaba por mi pueblo.

Pero ¡mi gozo en un pozo!, resulta que no valía. No obstante, probamos con uno de un motor de Mercurio 125 que tenía yo abandonado por ahí, y tras quitarle las telarañas resultó que encaja perfectamente.

Ahora la moto va perfecta. Con tesón y buenos amigos es como todo se arregla.

Que conste.

 

Un día como otro

Hoy cumplo cuarenta y ocho años. La verdad es que se han pasado como un suspiro y que no me importaría pasar otros tantos, pero eso no debe preocuparme de momento.

Y de estos años, llevo treinta y siete montando en moto; cuarenta escribiendo cosas; veintiuno siendo padre; veintinueve trabajando; veinte con mi mujer; y en general mucho tiempo haciendo cosas porque he estado mucho tiempo haciéndolas.

Hace dos semanas publiqué mi primer libro y ya he plantado varios árboles, de modo que se supone que ya he cumplido con mis deberes elementales, lo cual tampoco ha representado un gran esfuerzo, o eso me parece.

Pero me doy cuenta que me quedan muchas cosas por hacer y que la excusa de no tener tiempo no pasa de ser eso: una excusa, y que lo que hay que hacer es ponerse manos a la obra y no perder la ilusión. Vamos, que he dedicado unos minutos a hacer resumen y mirar para atrás y ahora tengo el resto de mi vida para hacer cosas nuevas y seguir aprendiendo, que para eso estamos aquí.

Perdón por el rollo pero es que a veces se pone uno melancólico. Será la edad.

Mi primera moto

De alguna manera siempre fui un buen estudiante, por lo que mi padre, con un esfuerzo, me compró al final del curso de 1.973 una Montesa Scorpion 50, mi primera moto. Le costó 19.500 pts (¡qué tiempos!) y es una de las mayores ilusiones que recurdo haber tenido.

Con esa moto descubrí los placeres del aire en la cara, del olor a gasolina, de los paseos por el campo y de la sencilla sensación de usarla y vivirla. Con ella pasé mi adolescencia y llevé a casa a mis primeros amores, y me enseñó más cosas que yo a ella, y se portó conmigo estupendamente.

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He tenido muchas motos desde aquel entonces, pero ella siempre ha estado en mi garaje, esperando volver algún día a salir a pasear. Ella no sabe que no podremos volver al campo porque lo han prohibido, pero no importa, porque ha salido del sueño de los años y voy a dejarla como nos conocimos, más de treinta años atrás. Y cuando me he subido en ella un instante antes de llevarla al taller, ha sido como si no hubiese pasado ni un momento, como si todo siguiese lleno de futuro.

Y eso es maravilloso.

Empezando mi nuevo blog

Al final me decido de nuevo. Después del desastre de mi anterior blog con el ataque del turco, vamos a empezar uno nuevo. Intentaré recopilar información que perdí en el anterior y a ver si esta vez puedo dedicarle más tiempo, y de paso me animo a ir mejorando los contenidos día a día.

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